Bienvenidos a casa

Bienvenidos a casa

por Clara Estévez 07 de marzo de 2018

El fin de semana pasado fui anfitriona por primera vez. En la casa nueva, claro. Desde que nos mudamos en septiembre, no hemos parado de decorarla, añadir muebles, cuadros y hacer alguna pequeña obra para hacerla nuestra.

Los que ya lo han vivido sabrán que es el cuento de nunca acabar. Pintar techos, empapelar paredes, cambiar algunos puntos de luz… Dicen que vivir la reforma de un piso es una de las cosas que más estrés produce. Y no estoy del todo de acuerdo, pero entiendo lo que quiere decir. Porque, aunque no os lo creáis, se me ha hecho larga la espera hasta el gran día. La inauguración oficial.

Por fin se abren sus puertas. Digo por fin porque, desde siempre, me ha encantado invitar a mis amigos a casa. Y que estén como en la suya. Y que disfruten tanto que no quieran irse. Porque siempre me han enseñado que, donde caben cinco, caben seis. Y que, de hecho, es mejor seis que cinco. Y mejor todos que ninguno.

Soy una inexperta en organizar cenas en casa, de hecho, esta fue la primera. Me desperté el sábado por la mañana y ya empecé a pensar todo, tenía que ser una noche memorable. Fui al súper temprano y Nicolás me ayudó a preparar la cena y las bebidas. Los que nos conocen saben que somos muy fans de los gin-tonics preparados con mimo. ¡Música, recetas, acción!

Pajitas

La verdad es que disfruto mucho cocinando para otros. No me suelo complicar demasiado para elegir la receta o los platos que voy preparar, pero al final pasamos toda la tarde en la cocina, como cuando alguien se encierra en un laboratorio para encontrar la fórmula secreta.

Y por fin llegaron. Esos amigos que has tenido toda la vida y que te han visto en todas tus etapas. Los que han compartido todos los momentos felices y los que han sido un equipo para superar los obstáculos juntos. 

Los que te enseñan a reírte de tus errores. Y a brindar por las cosas buenas. Los que son confidentes, compañeros de viajes a cualquier lugar, catadores de aventuras, equipo de juergas nocturnas. Los que son como hermanos y te conocen mejor que nadie.

Los que son copilotos o conductores de muchos kilómetros de carretera, cantantes a dúo de las canciones de tu infancia, los que hacen que un aperitivo se alargue hasta la cena. Los que convierten tus veranos en recuerdos inolvidables y los que bailan contigo hasta que salga el sol

Bendita juventud. Todavía no diré que son los que han visto nacer a tus hijos, pero de lo que estoy segura es de que estarán ahí para conocer a tus nietos. Porque sí. Porque los amigos son para siempre. Son uno de los mejores regalos del mundo. Son “compartidores”, “compartidores” de la vida. Bienvenidos a casa, amigos.

Home, sweet home

Cenar y compartir sobremesas que se alarguen hasta horas insospechadas es lo mejor de mis fines de semana. Siempre con la mejor compañía. La mesa estaba puesta y  la sobremesa empezó incluso antes de cenar. Es lo que suele pasar cuando hay mucho que contar. Primero, segundo, postre y alguna que otra copa de vino.

Hablamos, y mucho. De todo y de nada, y nos pusimos al día de las últimas novedades. Recordamos viejos tiempos y lo que era verse varias veces a la semana. Nos paramos a pensar cómo han cambiado las cosas. Para bien, por supuesto, porque todas las etapas tienen algo increíble y, desde luego, la actual no deja de sorprendernos.

Al final, lo divertido de la vida no es que todo pase y nada cambie, sino que todo cambie y nada pase. El ambiente estaba cargado de buen rollo y empezaba a sonar la música de fondo. La vela Tubéreuse de diptyque fue mi aliada para esta ocasión.

Vela Tubéreuse de diptyque

Su aroma me recuerda a las macedonias de fruta que tanto nos gustan en verano. Naranja, coco..., muy tropical. Cálida e intensa y, a la vez, llena de notas verdes. Simplemente excepcional para una ocasión tan especial como esta.

No podía ser de otra manera, pero este reencuentro lo teníamos que celebrar brindando. Una copa, por favor. La música subió su volumen y algunos incluso nos enseñaron sus pasos de baile. Seguimos hablando, riendo y disfrutando hasta las mil, sin prisa.

Que nunca lleguen las despedidas y el momento de irse. Porque se está tan bien cuando se está bien... Y así estuvimos, como en casa (nunca mejor dicho).




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